Espiritualidad de Ignatian
Ignacio de Loyola

San Ignacio pertenecía a una familia de la nobleza española, de la región norte Vasca. Algo que se debe destacar acerca de Ignacio, es el hecho de que él estaba lejos de la santidad durante su vida como adulto joven. Era vanidoso, y soñaba con honores personales y fama. Era jugador y peleaba con la espada. Como algunos lo han señalado, él podría haber sido el único santo con un registro policial notarizado: Por ser partícipe de una pelea nocturna.

Todo esto comenzó a cambiar un día de primavera en el año 1521. Ignacio tenía 30 años en ese momento, y era un oficial de la armada española. Liderando a sus compañeros de armas en la batalla contra los franceses, que estaban seguros de perder, Ignacio fue herido en la pierna por una bomba. Durante una recuperación muy difícil (quedó cojo por el resto de su vida), el hombre joven pidió libros sobre caballería – su lectura predilecta. No había ninguno en el castillo de la familia donde él convalecía. Tuvo que conformarse con un libro acerca de la vida de Cristo y biografías de los santos – el cual encontró inesperadamente cautivante.

El soldado había soñado siempre con imitar obras heroicas, pero ahora, los héroes tenían nombres como Francisco de Asís y Catalina de Siena. Ignacio notó que algo extraño le estaba sucediendo. Se dio cuenta de que Dios estaba trabajando dentro de él – incitándolo, guiándolo e invitándolo. Mientras viajaba lejos y mucho, comprendió también que Dios trabajaba similarmente en la vida de toda la gente, en los eventos cotidianos del mundo.


Estas experiencias prueban ser los comienzos de la espiritualidad Ignaciana – y el ministerio Jesuita. Durante su estadía en París, Ignacio se rodeó de algunos amigos a los que se los conoció como “compañeros”. Tomaron juntos votos religiosos en el año 1534 y se llamaron a sí mismos la “Compañía de Jesús”. La orden fue aprobada oficialmente por el Papa, seis años más tarde.

Los primeros Jesuitas se expandieron por la metrópoli europea y más lejos. Y lo hicieron con instrucciones de Ignacio, su líder en Roma, de “buscar la mayor gloria de Dios” y el bien de toda la humanidad. Ellos se dedicaron personalmente al cuidado de las almas y a ayudar a la gente a discernir la presencia de Dios en sus vidas.

Algo extraordinario

Algo más que debemos saber del fundador de los Jesuitas, es que él fue una clase de santo diferente. Como lo ha observado el notable historiador Jesuita Fr. P. John W. O’Malley, SJ, “Ignacio redefinió la base tradicional de santidad,” la cual normalmente suponía un grado de falta de mundanidad.

En contraste, O’Malley se refiere a Ignacio como al “santo mundano”. Él se aseguró de que sus hombres no pasaran mayor tiempo en los púlpitos y los confesionarios, sino en espacios relativamente seculares, tales como aulas – enseñando menos directamente acerca de la Biblia y la doctrina de la Iglesia, que acerca de la literatura y los clásicos antiguos. Él envió cartas a sus misioneros, pidiéndoles que contestaran a estas cartas, no sólo para comunicarle lo referente a sus ministerios, sino también para que le contaran de las costumbres locales, las plantas y la vida silvestre – “cualquier cosa que parezca extraordinaria.”

Más que nada, Ignacio de Loyola deseaba que sus Jesuitas y cada persona saliese a  buscar y a “encontrar a Dios en todas las cosas.” Murió en el año 1556 – el 31 de julio, día de su fiesta en la Iglesia Católica.


Publicaciones

America - 7/20/15

America - 7/6/15

America - 6/22/15




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