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Esta #SemanaDeExamen, ore como un jesuita y busque a Dios todos los días.

¿En qué parte de mis experiencias de hoy ha estado trabajando Dios? Esta es la pregunta central del Examen diario, una práctica de espiritualidad ignaciana que los jesuitas han ejercido por medio de la oración desde los días del mismo san Ignacio. El Examen diario es una tradicional oración práctica, arraigada y contemplativa que ayuda a la gente a encontrar a Dios en todas las cosas, y usted no tiene que ser un jesuita para intentarla.

¿Cómo el Examen me ayudó a encontrar a Dios entre la espera y la preocupación? 

Por Gretchen Crowder

La mañana de un martes de este verano, mis gemelos de cuatro años y yo fuimos al hospital infantil local para que recibieran un tratamiento dental de consideración. Me sentía emotiva mientras conducía, pero por suerte los chicos me distrajeron. “Mamá, cuando el dentista termine de arreglarme los dientes, ¿podré tomarme un helado?”, preguntó uno. “Sí, ¿podemos?”, agregó el otro. Estaban felizmente inconscientes de lo que les esperaba. Cuando llegamos, saltaron del coche y entraron corriendo. Los perseguí mientras arrancaban por el largo pasillo hacia el ascensor.

Cuando llegamos al ascensor los hice a un lado del camino para dejar salir a una mujer con su bebé. Verla me recordó las otras veces que mis gemelos y yo habíamos estado en este mismo hospital. La primera fue cuando tenían sólo un par de semanas de edad. Habían dado positivo como recién nacidos de una rara enfermedad metabólica. Durante los dos primeros meses de sus vidas, fui de ida y vuelta a este hospital hasta que un falso positivo fue descubierto y nos dijeron que ya no tendríamos que volver. Sin embargo, a los nueve meses, uno de ellos tuvo fiebre alta y el lado izquierdo de su cabeza se hinchó. Así es que una vez más estaba de vuelta, sentada en la misma sala de emergencias.

La paternidad viene con situaciones inesperadas como estos momentos terribles, inquietantes y, a menudo, costosos. Si no lo evito, estas experiencias pueden conducirme a la desesperación.

La primera vez que fuimos al hospital recuerdo haberme sentido culpable por cosas que estaban claramente fuera de mi control. Estaba llena de autocompasión por las pruebas que se me pedía pasar durante las primeras semanas de vida de mis hijos. Eran pequeños, así que no eran conscientes de lo que ocurría, pero ahora lo entienden más. Mi ansiedad puede convertirse fácilmente en su ansiedad. Por ello es importante para mí enfocarme fuera de mí misma y ver un panorama más amplio.

En ese sentido, la espiritualidad ignaciana me ha dado un método poderoso para la reflexión que me ayuda a reenfocarme y redirigir mi mirada en situaciones como estas: el Examen. Esta vez, mientras llevaba a mis gemelos a la cirugía y me dirigía a la sala de espera, hice una pausa para seguir los pasos:

Invité al Espíritu Santo a la sala de espera conmigo. Me di cuenta de que me había olvidado de orar con mis hijos en el coche como lo hacíamos cada mañana en el camino a la escuela. Olvidé invitar a Dios en lo que estábamos experimentando. Le pedí al Espíritu Santo que abriera mi mente y corazón a lo que Dios quería que escuchara.

Expresé mi gratitud. Agradecí a Dios por el maravilloso dentista que estaba cuidando bien de mis hijos. Agradecí a Dios por las enfermeras y el anestesiólogo que estaban cuidando de cada uno de ellos en este momento. También expresé mi sincera gratitud porque pudieran estar aquí, arreglándose los dientes, cuando es un privilegio que no todos tienen.

Revisé mi día. Comenzando con la noche anterior, revisé todo lo que había sucedido desde el momento en que preparé a mis hijos para esta visita al hospital hasta ahora. Busqué a Dios en cada instante. Vi a Dios en la manera en que mis hijos fueron capaces de entender tanto como pudieron lo que iban a experimentar. Vi a Dios en la generosidad de mi esposo de llegar tarde al trabajo por llevar a nuestro hijo mayor al campamento para poder dedicarme a los gemelos. Vi a Dios en los muchos mensajes de texto que recibí de amigos y compañeros de trabajo haciéndome saber de sus oraciones.

Pedí perdón. Tuve algunos pensamientos autocompasivos en el camino al hospital. Mientras reflexionaba, pude ver cuánta gente estaba sentada conmigo en la misma sala de espera. Algunos aguardaban a niños que estaban teniendo cirugías en los brazos o piernas rotos. Otros estaban allí por una de las muchas cirugías que su hijo tendría. Aunque había hecho esta experiencia ensimismada, reconocí que el sufrimiento no es una experiencia aislada. Le pedí a Dios que me perdonara por los momentos en que sólo miraba hacia adentro y no veía a los que caminaban conmigo en este viaje.

Miré hacia adelante. Pensé en el momento en que vería a mis hijos al final de la cirugía. Me preparé porque estarían aturdidos y con dolor. Pensé en cómo ellos podrían estar molestos por experimentar un dolor para el que no estaban totalmente preparados. Consideré cómo podría cuidar de ellos el resto del día y cómo podría invitar a Dios a ayudarme en el camino.

Al terminar mi examen, sentí mucha paz. Sé que no uso la herramienta tan a menudo como debería, y que practicarla regularmente en la mañana y en la noche puede hacer una profunda diferencia en mi vida. Después de un tiempo, me llamaron y vi a mis hijos de nuevo ya con sus operaciones completas y exitosas. Nunca es un reto ver a Dios en sus rostros, pero el examen de esa mañana me permitió encontrar a Dios en medio de mi espera y preocupación. Qué regalo.


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