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Ser ignaciana todos los días: Emular la maternidad de María me invita a una vida de justicia

Por Shannon K. Evans

21 de enero de 2020.- La primera mañana de esta nueva década me encontré caminando por la casa para resolver las necesidades de último minuto antes de salir: asegurar el asiento del automóvil para el bebé y arrastrar verbalmente a mi hijo de nueve años. El resto de la familia se quedaría en casa, la mitad enferma y todavía en cama. Sin embargo, yo estaba decidida a recibir el Día de Año Nuevo asistiendo a la misa solemne por María, la Madre de Dios.

En la homilía, nuestro pastor nos encargó a cada uno de nosotros la tarea de dar vida a Cristo en este mundo y a nuestra propia manera. Pensé en sus palabras y en lo que significaban para mí como escritora y como madre. A menudo, mi vocación profesional parece más fácil de entender que mi vocación como madre, donde las apuestas son más riesgosas y se transita a ciegas. ¿Cómo puedo equilibrar el hecho de nutrir la tierna inocencia de mis hijos con la tarea de prepararlos para vivir como Cristo en un mundo dañado? La Iglesia enseña que tengo a María como modelo e intercesora en la maternidad, pero a menudo me siento enajenada por la imagen dócil de ella que se retrata popularmente.

Es seguro había más cosas que decir sobre María más allá de solo la obediencia y la ternura. Después de todo, se trata de una mujer decidida a huir como refugiada para proteger a su hijo, lo suficientemente persistente como para empujarlo al ministerio público en una boda y notablemente fuerte como para permanecer en el lugar de su muerte hasta el amargo final. Aunque lo que se sabe acerca de su vida es escaso, las Escrituras por sí mismas evidencian que María no era una mujer para tomar al juego. Cuando me coloco en medio de tales historias, la mujer que observo es tierna y fuerte.

Uno de mis pasajes favoritos en la Biblia es el magníficat de María en Lucas 1:46-55. Tal como nos alienta la espiritualidad ignaciana, me agrada imaginarme en la sala mientras ella decía el ya famoso cántico: “Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos”. ¿Cuán fuerte era su voz cuando decía esto? ¿Cómo fue su lenguaje corporal? ¿De qué hablaron después ella y su prima Isabel?

En mi opinión, es difícil imaginar a María murmurando con recato declaraciones tan radicales con una sonrisa tímida y con las manos juntas, como se la representa con tanta frecuencia. Estas palabras son proféticas y poderosas. Mi imaginario no proviene del Evangelio, por supuesto, pero personalmente me ayuda a figurarme que su entrega apasionada pudo haber causado un suceso.

Dichas frases pasaron por sus labios. Dos líneas aparentemente simples que indican que incluso antes de que Jesús caminara por la tierra, antes de enseñar, curar y alterar el orden, incluso antes de hacerse amigo de los pobres, cenar con pecadores y tener conversaciones teológicas con mujeres, María ya había comprendido quién era Dios. Ella ya sabía que el reino de Dios es el gran igualador, perturbador del orden social y que opta preferentemente por los pobres. Su convicción sobre esto era probablemente una de las razones por las que estaba calificada para la grandiosa tarea de criar al hombre que pondría todo al revés.

Imaginar este lado de María, el cual busca justicia, da una claridad renovada a mi vocación como madre. Así como Jesús fue dado a María porque ella estaba preparada para criarlo, para desafiar el status quo y priorizar a los humildes, también mis hijos me fueron dados para formarlos como futuros miembros de una sociedad donde defiendan a los pobres y a los oprimidos. Mis hijos necesitan cuidados y ternura, sí, tal como pasó con el joven Jesús. Y es un privilegio poder darles eso. Pero si me dejo engañar pensando que la influencia de una madre termina allí, las palabras de María me dicen a viva voz todo lo contrario.

Cuando la ceremonia por el Día de Año Nuevo llegó a su fin, toda nuestra congregación rezó el “Ave María" para terminar. De pie con mi hijo mayor y mi hija menor a mi lado, no pude evitar sonreír un poco mientras oraba, sabiendo que esta mujer era gentil, pero intensa: una decidida defensora de la justicia que formó a Jesús para ser un predicador contra la desigualdad y la opresión. María no es solo un modelo de crianza; ella es una intercesora y guía para criar niños que lucharán contra la injusticia. Y quizá veríamos a más madres seguir sus pasos si las iglesias entonaran más canciones sobre ello.

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Shannon K. Evans es autora de “Embracing Weakness: The Unlikely Secret to Changing the World.” Sus escritos han sido publicados en las revistas America y Saint Anthony Messenger, y en los portales web Ruminate, Verily, Huffington Post, Grotto Network y otros. Shannon, su esposo y sus cinco hijos viven en el centro de Iowa.


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