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Ser ignaciana todos los días: Pequeños actos de solidaridad

Por Shannon K. Evans

2 de marzo de 2020. — ¿Cómo los anglófonos vamos a entender lo que está pasando si no está en inglés? Aunque algunas veces al año mi esposo y yo llevamos a nuestros hijos a la misa en español de la ciudad, mi hijo de seis años parecía un poco incómodo.

Le sonreí y prometí ayudarlo en el camino de regreso. “Además”, añadí en tono alentador, “¡lo mejor de la misa es que siempre es la misma! Así que incluso si no puedes entender el idioma, sabes lo que está sucediendo”.

Aquí, en el corazón del centro de Iowa, es muy fácil pasar nuestros días sin percatarnos de la experiencia de nuestros vecinos inmigrantes. Pero no los olvidamos. Nuestros corazones se quiebran cuando leemos titulares [en inglés] sobre abusos contra los derechos humanos en la frontera y las políticas crueles que niegan misericordia a los necesitados. Nos hemos puesto en contacto con nuestros representantes y realizamos donaciones a organizaciones de defensa como la Iniciativa Kino para la frontera, entre otras. Pero en lo que respecta a nuestras vidas personales, parece que es muy poco lo que podemos hacer además de ofrecer nuestros corazones a la compasión.

Siempre estoy agradecida por los momentos en que la Iglesia católica tiene algo que decir cuando me siento perdida. En estos días he estado pensando mucho en la enseñanza de la Iglesia sobre el lugar que ocupa la solidaridad en la labor de la justicia. La solidaridad, dice San Juan Pablo II, “no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas... Es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”.

En la doctrina social católica, la solidaridad nos llama a abrazar a los marginados como hermanos y hermanas, en lugar de apartarlos como el “otro”. Ser solidarios con nuestros vecinos nacidos en México y Centroamérica puede significar algo tan simple como llevarlos en nuestros corazones como una intención de oración diaria, pero, a veces, como dice el proverbio africano: “Cuando oras, debes mover los pies”.

En esa misma línea, el P. Greg Boyle, SJ, de Homeboy Industries nos conduce de regreso a los Evangelios, diciendo: “Después de todo, las Bienaventuranzas no tratan de espiritualidad, sino de un asunto de geografía. Nos dicen dónde debemos ubicarnos”.

Y quizá, a veces, nos dicen también a dónde ir a misa.

No me engaño creyendo que la presencia de mi familia en la misa local en español vaya a cambiar la vida de mi vecino mexicano. Pero sí creo que es importante. En un momento en que la retórica política y las políticas de inmigración están creando un gran dolor a nuestros vecinos, parece que lo mínimo que puedo hacer es presentarme para rendir culto a su lado: darles la paz, beber de la misma copa y hacer visible nuestra unidad en Cristo.

Creo que ver a sus hermanos católicos blancos que eligen celebrar la Eucaristía junto a ellos, podría hacer que el mundo se sienta un poco más amigable. Creo que poner siete creyentes más en el banco de una misa en español confirma a la diócesis que es valioso e importante continuar. Y creo que llevar a mi familia a la adoración con quienes están al margen es un elemento gravitante de nuestra propia formación en la fe. Después de todo, si Jesús fuera un estadounidense hoy, estoy bastante segura de que conozco a la gente que estaría orando a su lado.

Ese día culminamos la misa como casi siempre: por un pelo (hacer entender a los bebés y a los niños pequeños es difícil, sin importar en qué idioma recemos el Padre Nuestro). Después nos sentamos en nuestro restaurante mexicano favorito, y mientras nos llenábamos con papas fritas y salsa, les pregunté a mis dos hijos mayores por lo que sintieron de esta experiencia.

Hombros encogidos. Lo intenté de nuevo. “¿Fue difícil interesarse por la misa cuando no podías entender las palabras?”. Dijeron que sí. Al darme cuenta de este momento de enseñanza, continué. “Me pregunto ¿cómo se sentirá no poder ir a misa en el idioma que hablas?”

“¿No está bien?”, mis hijos tenían sus rostros entre pensativos y aburridos. Pero continue: “Entonces, es importante que seamos conscientes de ello y hagamos que todos se sientan bienvenidos; especialmente si no hablan mucho inglés”. Los dos pequeños se habían alejado completamente de la mesa en mi intento por lograr una conversación moral integra. Mi marido Eric sonrió. “Fue un buen intento”.

Desearía poder decir que la experiencia fue profunda e importante para mis hijos o para mí mismo. Ahora sé que seguir a Jesús en la justicia social rara vez nos hará sentir que algo está cambiando. Sin embargo, no puedo evitar pensar en lo más justo y amoroso que sería el mundo si cada uno de nosotros practicara pequeños actos de solidaridad en nuestra vida cotidiana. Después de todo, para nuestros hermanos y hermanas inmigrantes que están sufriendo profundamente, millones de pequeños actos podrían sumar mucho.

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Shannon K. Evans es autora de “Embracing Weakness: The Unlikely Secret to Changing the World.” Sus escritos han sido publicados en las revistas America y Saint Anthony Messenger, y en los portales web Ruminate, Verily, Huffington Post, Grotto Network y otros. Shannon, su esposo y sus cinco hijos viven en el centro de Iowa.


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