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Una estudiante reflexiona sobre las realidades migratorias de los adolescentes

Esta reflexión es parte de nuestra serie de historias Migración y Política Latinoamericana. Para saber más sobre cómo la Comunidad Ignaciana está abordando la injusticia migratoria, revise nuestros recursos aquí e inscríbase en nuestras alertas para tomar acciones [en inglés].

Por Julia Rizzo

Febrero 4, 2020 —  El verano pasado estuve en la frontera de Arizona con México por un viaje de servicio junto a otros siete estudiantes de la Preparatoria Jesuita Walsh, situada al noreste de Ohio. Con ingenuidad creí que estaba extremadamente preparada para el viaje de inmersión y que no aprendería mucho. Después de todo, he estado siguiendo los debates políticos y la cobertura noticiosa sobre la inmigración durante varios años y podría dar estadísticas en un abrir y cerrar de ojos. Vaya que me había equivocado.

Sabía todo acerca de cuántos bebés habían sido separados de los brazos de sus madres en la frontera de EE.UU. Había leído historias de agentes el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) deteniendo a los conductores para comprobar su estatus migratorio y deportarlos al día siguiente. Pero, en toda mi investigación, nunca me había topado con el grupo con el que más me podía relacionar: los adolescentes.

Julia Rizzo (segunda desde la derecha) se encuentra con compañeros de clase en un refugio para migrantes en la frontera entre Estados Unidos y México. (Tony Dipre)

En todas las estadísticas de salud mental y tasas de mortalidad que leí, ninguna se refería a los efectos que nuestras crueles leyes de inmigración causan en las personas de mi edad. Ir a la frontera y conocer a muchachos como yo fue desgarrador.

Conocí a adolescentes obligados a dejar todo lo que saben solo para sobrevivir, y eso me confrontó con mi vida segura y cómoda; reconocí mi privilegio. Esta nueva perspectiva me ha inspirado a abogar por los problemas de justicia social como la reforma migratoria, permitiendo que otros entiendan lo que vi en Arizona. Durante mi tiempo en la frontera, aprendí lo importante que es educar a otros sobre temas de justicia social de una manera que puedan entenderlo. Desafortunadamente, eso también significa romper sus corazones y lograr que los transeúntes sean sensibles a los problemas de quienes comparten este planeta con nosotros.

Estas botellas de agua son dejadas por voluntarios para los migrantes que cruzan el desierto.He contado muchas historias sobre personas que conocí en la frontera, pero rara vez hablo sobre el adolescente que cambió completamente mi comprensión de esta crisis. Se llama Gerson. Es un muchacho de 15 años que ama el fútbol, a su familia, los chistes y las películas de terror. Algunas de sus favoritas incluyen a Chucky y Annabelle.

Usando con orgullo su gorra de béisbol camuflada, sonrió y habló sobre sí mismo y su familia. Al principio conversamos muy a la ligera debido a mi limitado dominio del español. Le conté algunos chistes que recordaba de mi clase de español de la escuela secundaria (¿Qué hace un pez? ¡Nada!). Y ambos nos reíamos de mi horrible pronunciación.

Entonces, una acompañante de la escuela, la señora Haught, nos ayudó a traducir las partes más difíciles. Gerson es de Honduras, un país conocido por sus altas tasas de violencia por pandillaje. Un mes antes de conocerlo, el primo de Gerson había sido asesinado por una pandilla. Gerson y su familia ya no estaban a salvo allí. Así es que él y su padre huyeron de su país obligados a dejar atrás a su madre y hermanos porque no podrían soportar ese largo viaje.

Cuando conocí a Gerson, su padre estaba consultando con un asesor sobre la mejor manera de abordar su caso de asilo en los EE.UU. Con muy poco dinero o pertenencias, Gerson y su padre vivían en el limbo, confiando en la amabilidad de los que les rodeaban y soportando un estrés extremo.

Según la Iniciativa Kino para la Frontera, los migrantes como Gerson tienen aproximadamente un 3 por ciento de probabilidades de ganar sus casos de asilo. Ya han pasado varios meses y no tengo idea de la situación actual de Gerson y su familia.Los estudiantes caminan por una ruta de la migración en el desierto de Sonora, cerca de la frontera entre México y Arizona.

A veces veo una gorra de béisbol camuflada y recuerdo al chico optimista que conocí hace muchos meses. Sólo puedo esperar y rezar para que Gerson y su familia estén a salvo, felices y sanos dondequiera que estén.

Desde que regresamos de la frontera y para informar a otros estudiantes sobre esta situación, nuestro grupo ha comenzado a hacer incidencia en la escuela a través de presentaciones en clase sobre la inmigración. También hicimos una presentación durante la “Noche del Comercio Justo” y organizamos una campaña para enviar cartas y llamar a nuestros representantes gubernamentales en nombre de nuestros hermanos y hermanas inmigrantes. A través de nuestra incidencia y acciones, podemos arrojar luz sobre un problema que hoy está causando dolor a millones de personas.

Es a través de nuestra educación que podemos entender el dolor de nuestros hermanos y hermanas. Es a través de nuestros hermanos y hermanas que aprendemos a amar. Es a través del amor que nace el cambio.


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