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Entonces, ¿dónde está Dios en esta pandemia?

24 de marzo de 2020. — El P. Ted Penton, SJ, pronunció esta homilía el pasado domingo 22 de marzo desde el piso de su dormitorio en el Gonzaga College High School en Washington, D.C., donde está en cuarentena. En ese momento había sido testado para saber si era portador del coronavirus, pero los resultados fueron negativos. Su homilía se basa en la lectura de la semana, que se encuentra aquí [en inglés].

“Who sinned, this man or his parents, that he was born blind?” Who sinned? Wow, what a loaded question. Now, we might be tempted to dismiss it out of hand — saying, we know better, blindness doesn’t come from sin — but I think this question gets at a deep-seated, very human tendency.


"¿Quién pecó, este hombre o sus padres, para que haya nacido ciego?" ¿Quién pecó? ¡Qué pregunta tan enojosa! Ahora podríamos sentir la tentación de descartarla sin más diciendo: "sabemos que la ceguera no proviene del pecado", pero creo que esta pregunta está profundamente arraigada a una tendencia muy humana.

Queremos pensar que hay una razón por la que suceden las cosas, que hay un gran plan maestro, que algún día entenderemos. Que especialmente cuando suceden cosas malas, habrá una moraleja al final de la historia, los buenos recompensados, los malos castigados, todo tendrá sentido y podremos irnos felices.

Los discípulos suponen, probablemente sin darse cuenta de que lo están haciendo, que la ceguera debe ser un castigo por un pecado. ¿Por qué otra razón algunas personas nacerían ciegas y otras, no? No parece justo, y queremos que el mundo sea justo, por lo que es comprensible dirigir la culpa por las cosas malas a algún lugar, incluso responsabilizar a los eventos naturales.

Algo comprensible, pero equivocado, como nos dice Jesús. E incorrecto en dos sentidos: primero, no es cierto; segundo, causa mucho daño. Imagínese el peso que debe haber sido para el ciego y para sus padres el juicio de todos los demás de que eran pecadores. Imagina qué carga tan pesada. Peor aún, probablemente creían que esta ceguera era un castigo por su pecado. Imagina la vergüenza innecesaria que deben haber sentido.

Ahora es fácil revisar este pasaje y decir: "En tiempos antiguos, cuando las personas no tenían a la ciencia, no entendían que la ceguera podía ser causada por una mutación genética o por defectos de nacimiento. Somos mucho más inteligentes ahora". Es cierto que ha habido importantes avances científicos, y es cierto que, como sociedad, no estigmatizamos a las personas ciegas ni a sus padres, asumiendo que son pecadores. Aunque incluso hoy, cuando creemos que estamos tan desarrollados, seguimos estigmatizando a las personas por la forma en que nacieron. Pero creo que aquí el problema más profundo va más allá de las condiciones de nacimiento.

Por ejemplo, a menudo escucho decir a la gente: "Todo pasa por algo", como si fuera un sentimiento muy piadoso. No creo que sea piadoso y, francamente, me enojo un poco cuando escucho esa declaración, que me recuerda la pregunta de los discípulos. Tanto esta declaración como la pregunta de los discípulos dan por sentada alguna razón moral para la ceguera, algo que nos permite decir que se lo merece, que es culpa suya o, al menos, la culpa es de sus padres. Por el contrario, podríamos pensar que debe haber recibido otros obsequios para compensar su ceguera.

Una estatua de María junto a la entrada cerrada de una iglesia católica durante la pandemia del coronavirus en Buenos Aires, Argentina. (Foto CNS/Belvedere Alejandro, Agencia de Noticias de América Latina vía Reuters)

Sea como sea, eso me deja libre de culpa: ¿por qué debería ayudarlo cuando es su culpa o, si de todos modos, tiene otras compensaciones? Cuando escucho a alguien decir: "Todo pasa por algo", por lo general mantengo la boca cerrada, pero siempre tengo la tentación de preguntar: "¿en serio? ¿Cuál es la razón del asesinato, la guerra, el racismo, el abuso sexual? ¿Qué razón justificaría esta pandemia? Dame una razón y te diré muy rápido por qué no es lo suficientemente buena".

No hay razón para que podamos saberlo. Por supuesto, hay una causa que podemos descubrir a través de la investigación, y ese es un trabajo extremadamente importante para prepararnos: esperamos muy pronto una vacuna o una cura. Pero no hay razón para ello en el sentido de un propósito. La pandemia no está aquí porque alguien pecó. Esta no es la forma en que Dios castiga a la humanidad o nos da un regalo disfrazado. Eso es lo que Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: "ni el ciego ni sus padres pecaron". Hoy eso puede sonarnos obvio, pero de hecho es una lección difícil de asimilar. Significa que no hay forma de que nosotros, como humanos, comprendamos completamente el propósito de estos eventos.

Dios no es un titiritero divino en una obra de moralidad. Cuando la gente comete actos malvados, no es Dios quien tiene la culpa. El libre albedrío es real. Con el sufrimiento no causado por la acción humana, como la ceguera innata o esta pandemia, Dios no está señalando a algunos por castigo y a otros por recompensa. La lluvia, nos dice Jesús en otro pasaje, cae sobre justos e injustos por igual. Somos nosotros, no Dios, quienes queremos ver la lluvia, la ceguera, la pandemia, como un juicio moral, de alguna manera merecido, o que conduzca a un futuro mejor. Somos nosotros, no Dios, quienes anhelamos una respuesta ordenada, una moraleja fácil que viene al final de la historia para explicar por qué todo sucedió de la manera en que sucedió.

Te contaré un secreto: no hay una respuesta fácil, no está prescrita. ¿Por qué la ceguera, la enfermedad o un virus caen sobre los justos e injustos por igual, cuando sería mucho más justo si solo cayeran sobre los injustos? No hay respuesta que a la que podamos aferrarnos, aunque muchos pasajes bíblicos luchan con estos problemas, por ejemplo en los Salmos y en el libro de Job. Los caminos de Dios son misteriosos, siempre superando nuestra propia comprensión. No podemos meterlos en las cajas ordenadas que hacemos, ni aunque fuesen cajas piadosas.

¿Pero dónde nos deja eso? ¿Nos quedamos desesperados, sin nada que decir o hacer frente a un sufrimiento tan inmenso, excepto que, de alguna manera, es parte del misterioso plan de Dios?

No. Pero en lugar de decir "todo pasa por algo" y luego preguntar cuál es la razón, creo que es mucho más útil comenzar diciendo: "Dios está presente en cada situación y puede transformar cada situación para mejor". Esta es nuestra fe cristiana, esta es la Buena Nueva que estamos llamados a compartir, y esta es mi creencia más profunda.

Esto nos lleva a preguntarnos no por qué sucedió esto, una pregunta sin una respuesta satisfactoria, sino dónde y cómo: "¿Dónde está Dios en esta situación que parece tan sombría, y cómo nos está llamando a participar para transformarla?". Esto es lo que Jesús señala cuando dice que las obras de Dios se hacen visibles a través del ciego.

Entonces, ¿dónde está Dios en medio de esta pandemia?

Una monja reza junto a un contenedor de desinfectante para manos mientras un sacerdote celebra la misa en una capilla de la catedral en Manila, Filipinas. La misa se transmitió en vivo en Facebook debido a la pandemia del coronavirus. (Foto CNS/Eloísa López, Reuters)

Dondequiera que miremos: hacia los valientes trabajadores de la salud que se ponen en riesgo en nombre de los demás. Hacia el servicio de alimentos, en los trabajadores de supermercados y farmacias que pueden ganar bajos salarios, pero que incluso así asumen riesgos personales para mantenernos nutridos y saludables. Hacia las personas que trabajan día y noche para encontrar una vacuna o una cura. Dios está presente en la oportunidad que tenemos de repensar la forma en que vivimos, para reexaminar nuestras prioridades. Dios está en el tiempo extra que algunos de nosotros tenemos para pasar con familiares y amigos, para tomar una siesta, leer un libro y orar. Dios está en nuestra ayuda y solidaridad con los más vulnerables. Dios está aquí con nosotros en esta misa.

Esta misa no es a consecuencia de la pandemia. Dios no hizo que ocurriera la pandemia para que pudiéramos tener esta misa, o para que los trabajadores de la salud pudieran demostrar su valentía, o incluso para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Eso sería aborrecible. Sería como un retorno al sacrificio humano, matando a algunos para que pudieran producirse ciertos buenos efectos, y así no es como Dios actúa.

Pero Dios está presente aquí con nosotros hoy, ayudándonos a crear comunidad, a construir nuestra fe, a erigir nuestra esperanza, a traer un momento de alegría a un momento muy difícil.

Si Dios está aquí de muchas maneras, la siguiente pregunta es: ¿cómo me está llamando Dios a participar en la obra de transformación, a ayudar a que se haga la voluntad de Dios tanto en la tierra como en el cielo? El mundo no es justo, pero podemos trabajar para hacerlo más justo, más misericordioso. Así es como participamos en la obra de Dios.

Creo firmemente que Dios nos está llamando a cada uno de nosotros a responder a estos desafíos a nuestra manera, a ofrecer lo poco que tenemos. Yo mismo estoy en cuarentena, y no soy médico ni enfermera, pero soy sacerdote, y hoy esta misa es lo poco que tengo para ofrecer.

Mi hermana tenía una gran sugerencia: mantener un "Diario de gratitud COVID-19", para escribir cada día las cosas por las que estás agradecido. Porque cada día tiene al menos algo bueno. Independientemente de las cosas malas, Dios continúa con nosotros, nos ama y nunca nos abandonará, a pesar de que caminamos por el valle de la sombra de la muerte. Es por eso que llamamos al Evangelio las Buenas Nuevas.

Y llenos de esa gratitud, podemos preguntarle a Dios y a nosotros mismos dónde y cómo podemos servir mejor, cómo podemos amarnos unos a otros. Ya que por más difícil que sea la situación del momento presente, conocer, amar y servir a Dios y a los demás son las razones principales por la que estamos aquí.


El P. Ted Penton, SJ, es Secretario de la Oficina de Justicia y Ecología en la Conferencia Jesuita de Canadá y Estados Unidos. Nació y creció en Ottawa, Canadá. Conozca la historia de su viaje al sacerdocio aquí.


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