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Una espiritualidad para reconstruir la economía gig

Por Eric Clayton

No fui el único que aguardó en la acera su pedido de última hora para el almuerzo por el Día de la Madre.

Nadie estaba feliz. Pero a medida que la cola avanzaba – era una turba en la misma situación - la infelicidad de una mujer se hacía notar.

Ella, como otros, había estado esperando más de una hora. El sistema de pedidos en línea le había dicho, como a otras personas, que su comida debía estar lista hacía mucho rato. Pero ella, a diferencia de otros, no estaba solamente llevando comida a la mesa de su madre.

Ella, una conductora de Uber Eats, esperaba por la comida de la madre de otra persona.

Y se lamentaba en voz alta, y comprensiblemente, sobre la pérdida de su valoración de 5 estrellas. Su ventana de en-cinco-minutos-se-entrega había desaparecido hacía mucho tiempo.

Luego, la trama dio un giro inesperado: una joven pareja sonriente se acercó hasta la cabeza de la fila con un aire caritativo.

Al final resultó que esta pareja estaba en la lista de entregas de la conductora de Uber Eats. Al vivir a pocas cuadras, la pareja decidió investigar la razón del retraso de su pedido. En una irritante ida y vuelta hasta el restaurante, cancelaron su pedido, y “liberaron” a la conductora.

Lo que no se resuelve es la reacción negativa que el conductor puede recibir de Uber Eats: daños a su puntaje, críticas negativas para entregas futuras y posibles reprimendas.

"Tendrás que hablar de eso con Uber", lamentó el gerente del restaurante. La pareja se encogió de hombros, su intento de amabilidad no fue tal.

Y la conductora aún seguía esperando en la ventanilla por un segundo pedido.

Una y otra vez, el Papa Francisco nos ha advertido sobre la cultura del usar y tirar. Se preocupa por una sociedad que deja de lado la santidad de la vida humana en favor de la conveniencia, el poder y la riqueza.

En este punto de la pandemia, está claro que no podemos simplemente reabrir nuestras comunidades. Debemos reconstruirlas. Y la enseñanza social católica orienta esa reconstrucción en torno a cómo nos relacionamos entre nosotros dentro de la sociedad. Una sociedad justa se basa en relaciones correctas, en un reconocimiento y un respeto por el hecho de que cada persona humana manifiesta la imagen y semejanza de Dios.

Ese respeto se desarrolla a través de los derechos y responsabilidades que nos corresponden dentro de la sociedad. Como San Juan XXIII escribe en Pacem in terris: “cualquier derecho fundamental del hombre deriva su fuerza moral obligatoria de la ley natural, que lo confiere e impone el correlativo deber. Por tanto, quienes, al reivindicar sus derechos, olvidan por completo sus deberes o no les dan la importancia debida, se asemejan a los que derriban con una mano lo que con la otra construyen”.

Y, por supuesto, lo central de nuestras responsabilidades evangélicas, como nos recuerda el Papa Francisco, es prestar especial atención a "clamor de la tierra, como al clamor de los pobres".

Sin duda, la economía gig jugará un papel importante en la reconstrucción de nuestra economía global. Y nosotros, como consumidores, desempeñamos un rol vital en esa economía.

¿Qué derechos y responsabilidades tenemos cada uno dentro de la economía gig? ¿Y cómo podemos asegurarnos de que su reconstrucción refleje "tanto el clamor de la tierra, como el clamor de los pobres”?

Es cierto que la economía gig da a muchas personas un punto de apoyo en un sistema económico plagado de injusticias que, de lo contrario, quedarían excluidas por completo. Pero también es cierto que este momento nos ha recordado, en términos claros, que estos trabajadores supuestamente "autónomos" luchan sin recurrir a las redes de seguridad disponibles para aquellos que están en la economía más "tradicional".

Como en tantas cosas de la vida, lo bueno y lo malo se enredan. Corremos el riesgo de confundir lo uno con el otro. Pero San Ignacio, en su reflexión sobre los Dos Banderas, nos da una hoja de ruta.

Meditamos sobre la Bandera de Cristo (pensemos en una bandera que uno podría llevar a una batalla medieval) y los valores que representa: humildad, rechazo y pobreza. Y hacemos una distinción entre la bandera de Cristo y la del enemigo: riqueza, poder y orgullo.

Entonces, ¿cómo nos ayudan estas banderas a navegar por la economía gig? Podríamos preguntarnos:

¿Mi sentido común sobre la importancia de lo personal toma en cuenta si estoy o no contratando a un trabajador de la economía gig? ¿Me considero más valioso que los demás y, por lo tanto, eso me da la justificación para poner en riesgo otras vidas?

¿El reconocimiento de mis propias limitaciones tiene en cuenta si estoy o no contratando a un trabajador de la economía gig? ¿Me quedo en casa para mantener a otros seguros?

Para mí, aquella conductora solitaria de Uber Eats agitando su puño en la derrota, sin recurrir a Uber, al restaurante o al cliente, me deja un recordatorio inquietante de hasta dónde la Bandera del Enemigo puede conducir a la economía gig si nuestra reconstrucción resultará en una sociedad fracturada.

Pero la imagen de esa joven pareja alejándose, haciendo caso omiso de un momento de molestia, también me persigue, ya que se está compartiendo poco en esta supuesta economía compartida. Más bien, simboliza la tentación que yace en cada uno de nosotros de gritar: "¿Soy el guardián de mi hermano o de mi hermana?".



Eric Clayton es alto directivo de comunicaciones en la Conferencia Jesuita. Es profesor adjunto de Comunicación de Masas en la Universidad de Towson, y ha trabajado con numerosas organizaciones basadas en la fe como Catholic Relief Services, Maryknoll Lay Missioners y Sisters of Bon Secours.


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